La ciencia médica ha establecido que la hormona oxitocina junto a los opiodes que segregamos de forma natural, las endorfinas, son responsables de la sensación de éso que llamamos amor. Es más, distintos estudios vienen a probar que, en mayor o menor grado, es ésa combinación la que se dispara en nuestra sangre en nuestros momentos más tiernos: cuando sostenemos a nuestro bebé en brazos, cuando Hacienda nos devuelve dinero, cuando experimentamos un orgasmo o cuando nos enamoramos –el orden de estas dos últimas circunstancias debería ser inverso, salvo en casos patológicos y, ciertamente, pringosos-. Cuando estas sustancias pegan un bajonazo en el cerebro, se quiebra el circuito neuronal que nos proporciona recompensa y apego y experimentamos un dolor muy reconocible por casi todos los seres humanos y que ha venido en definirse como “desamor”; si bien también hay quien lo ha detallado de forma mucho más prolija: baste con echar un vistazo a la literatura universal o a las letras de las canciones populares de los más variados artistas. Desde Pimpinela a Jaques Brel, el síndrome de abstinencia de oxitocina/endorfinas es tan popular que llama la atención que la Seguridad Social no tome medidas y administre dosis de hormonas y neurotransmisores para curar el mal. Claro que nos quedaríamos sin el 90% de las obras maestras de la cultura. No compensa.