La rutina y la falta de ganas de aprender nuevas habilidades hacen que nuestro cerebro se vuelva un poco zombi y se dedique a funcionar a medio gas. Nos basta con saber lo imprescindible para seguir tirando y a medida que cumplimos años vamos decidiendo que somos demasiado mayores para aprender según qué cosas. La ciencia médica acaba de descubrir que nuestro cerebro sigue siendo muy plástico incluso en edades avanzadas y mantiene idénticas capacidades de aprender que los cerebros jóvenes. El asunto es que somos unos vagos de tomo y lomo que preferimos murmurar que no hay quien entienda el manejo del ordenador, del mando a distancia o de la lavadora. Terminamos por largarle el muerto a nuestro tierno hijito, que bajo la sutil amenaza de recibir un big king home´s special guantazo se aplicará con denuedo hasta conseguir que funcione el router o que la tostadora vuelva a ofrecernos panes crujientes sin quemaduras de primer grado. Puro reflejo condicionado.