Algo no funciona bien en su cerebro cuando se hace el tonto para no ceder su asiento en el autobús a una viejita; cuando no es capaz de compadecerse de una persona que sufre o cuando pone el televisor a todo trapo y le importa un bledo molestar a sus vecinos. Una investigación acaba de demostrar que el cerebro de los niños está preparado para sentir empatía, esto es, para ponerse en lugar de otra persona, compartir su dolor y, si puede, adoptar medidas para apaciguarlo. Las pruebas se han realizado con escáneres cerebrales funcionales entre pequeños de entre 7 y 12 años, y evidencian que de manera natural los circuitos cerebrales están condicionados para ser sociales y padecer con el daño ajeno. No se sabe en qué momento de la vida, muchas personas deciden traicionar su propio instinto y volverse arrogantes, altivos, imbéciles redomados, capaces apenas de preocuparse por sus propios ombligos, justificando o relativizando el daño que causan a los demás. Propongo a los editores de manuales médicos que a este empequeñecimiento de la actividad neurológica se le bautice como Síndrome de Bush, aunque se aceptan otras sugerencias.