Si quieres que tu chica te sea fiel: chúpale el pezón. Si es él tu objeto del deseo acaríciale los genitales. Ambos mecanismos naturales están al alcance de la mano de cualquiera y son algunos de los diseñados por la naturaleza para provocar que se desencadene en el cerebro la síntesis en cascada de la hormona del amor: la oxitocina, que está aumentada en el plasma sanguíneo en las personas que declaran que se están enamorando. Esta molécula tan simpática se fabrica en la base del cráneo, en la hipófisis, una glándula que se asienta, y no es broma, en un espacio denominado la silla turca (sí, para asombro de todos este cachito de carne es el verdadero responsable de las pasiones turcas y no los chulánganos atezados de la península de Anatolia que se jactan de ello). La oxitocina tiene una doble actividad hormonal y neurotransmisora. Su concentración en la sangre es alta durante los orgasmos y cuando se mantiene una relación afectiva y baja cuando decae el afecto o se producen ciertos desórdenes psiquiátricos. Los mayores chorros de oxitocina los provocan los bebés cuando atacan muertos de hambre el pecho de sus mamás. Neurológicamente la madre enloquece de amor por su chiquitín y sería capaz de matar si alguien se atreviese a apartarlo de ella. Los roedores monógamos mantienen también un nivel alto de oxitocina en su plasma. La factoría Disney debería revelar algún día las caricias oxitocínicas que comparten desde hace medio siglo Mickey y Minnie. Más que nada para tomar nota.