A nuestros pequeños amigos los espermatozoides les ha salido un nuevo enemigo: la soja. Si eres un varón y te pones ciego de yogures de soja debes saber que estás convenciendo sibilinamente a tu organismo de que eres una mujer. Sí, puede que la salsa de soja que le añades con ternura a tus tallarines sea la culpable de que, para tu sorpresa y, en ocasiones, para tu orgullo, tus pechos compitan en turgencia y volumen con los de Pamela Anderson o de que tu cadera se haya ensanchado hasta emular la cálida y hogareña forma de una mesa camilla. Y es que la ciencia médica ha probado que los isoflavonoides, compuestos activo de la soja, se comportan en nuestra sangre como si fuesen estrógenos, las hormonas sexuales femeninas. Es triste que un condimento que emplean los chinos desde hace miles de años sea capaz de masacrar a los espermatozoides hasta dejar estéril al propio emperador de la Dinastía Ming. El experimento ha revelado que los hombres que consumen regularmente soja tienen 41 millones de espermatozoides menos que los que habitualmente ingieren papas con carne, cazón en adobo, huevas con mayonesa, mojama de atún, chopitos o ensaladilla rusa –pongo estos ejemplos anotando furtivamente la carta del bar Casa Paco de Sevilla, al que asisto regularmente-. El tribunal penal internacional está avisado de este monstruoso genocidio testicular.