La ciencia médica ha emprendido su último ataque contra la libertad estética de todos nosotros: sostiene que es horroroso tostarse al sol hasta conseguir una piel morena. Los expertos acaban de insistir en que broncearse tumbándose al sol o empleando lámparas de ultravioletas daña el ADN de las células y es el primer paso hacia una mutación celular que puede conducir al cáncer. Se acabó pues fingir con solvencia ante cámaras y micrófonos que somos primos hermanos de la abuela keniata de Barak Obama. Los científicos nos quieren lechosos y parecen ignorar la brillante belleza que hay en los descarnamientos y en las ampollas supurantes ¿Acaso alguien duda del primor y la gracia que destilan los protagonistas del video clip Thriller de Michael Jackson? Es una crueldad romper a estas alturas nuestro idilio con el sol, y bien harían los científicos en darnos alternativas viables para que nuestra piel, nuestras chanclas, y nuestros tintos de verano, puedan seguir gozando de la energía de fusión que tanto bien ha deparado a las economías de Marbella y Benidorm. No sería descabellado, como alternativa a las playas, instalar tumbonas en los túneles subterráneos del acelerador de partículas de Ginebra, una iniciativa de I+D+I que permitiría a nuestros cuerpos desnudos gozar de los salvajes big bangs que es capaz de simular el colisionador de hadrones. El Tribunal de Estrasburgo debería establecer que ni puede ni debe vulnerarse de ninguna manera el derecho que tiene cualquiera a lucir una quemadura de tercer grado.