El nunca suficientemente elogiado grupo musical Los Chunguitos acertó de lleno cuando en una canción exigió “Dame veneno” y en otra gimió “Ay qué dolor”, sugiriendo ambas estrategias terapeuticas como medios para alcanzar la salud plena. Ambas tesis musicales deberían merecer el honor de haber sido galardonadas con algún doctorado honoris causa, dado que el tiempo ha venido a darles la razón, tal y como en su día le pasó a grandes científicos como Arquímedes, Einstein, Hawking o a escritores como Verne o Borges. Se acaba de comprobar ahora que el veneno que inoculan las abejas en nuestros cuerpos con sus picotazos, denominado tertiapina o TPN, podría ser empleado como agente para combatir la hipertensión. Este tóxico, adecuadamente modificado en laboratorio, es capaz de alterar el sistema de comunicación metabólica de las células del corazón y los riñones, manteniendo de esta forma la presión arterial a raya –cabe anotar aquí que Los Chunguitos también mencionaron varias veces las rayas en su prolífica lírica musical, nueva prueba indubitable de su anticipatorio talento investigador-. La Universidad de Pennsilvania se está apuntando, pues, un tanto científico que hay que atribuirle en pleno derecho a los notables rumberos extremeños Enrique, Juan y José Salazar, a los que la historia condenará a sufrir la misma suerte que han padecido tantos sabios ignorados por el mero hecho de haber nacido en España y por acostumbrar a lucir colgantes, patillas, atuendos y peinados poco apropiados para sus inmensos talentos.