Cuando un japonés con exceso de obesidad y musculación y vestido con un magro pañal de tela se encuentra con un congénere del mismo porte mórbido, se enfrasca irremediablemente en una suerte de abrazos y jadeos violentos que acompaña de expresiones insólitas que en su trascripción sonora al español suenan algo así como ahiii kiii, iiishimoó o ahikiiiido. En realidad, tengo para mí que tal actitud, a caballo entre lo violento y lo puramente rijoso, esconde un trastorno afectivo grave, probablemente nacido en la más temprana infancia, cuando durante días enteros aquellos niños eran habitualmente abandonados por padres licenciosos y bohemios que cuando regresaban a casa beodos recogían a sus bebés ya bien rebozados de fétidas boñigas y orines purulentos. Los luchadores se vengan en su edad adulta vistiéndose con aquellas sabanillas escrotales y tratando de hacer cisco el plexo solar, el bajo vientre y el recto anterior de sus rivales, que no son más que metáforas humanas de sus abyectos papás y mamás que tantas veces los dejaron en manos del vil y alevoso destino. La ciencia ha venido a demostrar ahora que ese deporte es una porquería. Buena parte de los que lo ejercitan están contagiados de "herpes gladiatorum", también llamado "scrumpox", una infección grave y muy contagiosa que se propaga por el contacto físico y que causa irritación en la garganta, inflamación glandular y úlceras en la cara, cuello, brazos y piernas. Así es que se encuentra en pelota viva y necesita imperiosamente pelear cuerpo a cuerpo con otro ser humano, elija una mujer o un hombre que sea de pocas carnes y menos musculatura: tendrá menos posibilidades de que esté infecto del mal de los gladiadores. Y ya puestos, en vez de pelear, aproveche la refriega para buscar otros placeres menos violentos y más lujuriosos. Su cuerpo se agradecerá.