Los familiares y amigos de Freud, cuando estaba él delante, procuraban no mirarse mucho al espejo ya que el austriaco postulaba que quien frecuenta su propia imagen es un asqueroso narcisista, con una personalidad proclive a la esquizofrenia, la perversión, la homosexualidad, la enfermedad orgánica y la hipocondría. Teorizaba que el sufrimiento hace que el individuo se inhiba del mundo externo y termine concentrándose en los pelos de su propia nariz, el contorno de sus pechos, el arco de sus cejas o la turgencia de su culo. Comprenderán que los colegas de Freud exhibieran un aspecto harapiento y, en general, estuvieran despeinados y lucieran un rostro deficientemente rasurado, cuajado de arañazos causados por la hoja de afeitar. Freud, como agente del CSI, era un poco cochambroso, y bien podría colegir que el tupé relamido de Elvis Presley lo hacía candidato potencial a ser un gay entusiasta seguidor de los recios soldados del cuarto tercio de la legión o, en su defecto, un criminal bajofondista con ansias de cercenar el cuello de una pobre anciana demente y menesterosa. Tras décadas de oprobio, los denostados espejos acaban de demostrar su eficacia terapéutica. Científicos japoneses han probado que son muy útiles para recuperar las extremidades paralizadas tras sufrir un accidente cerebrovascular. Los investigadores colocaron un espejo en el centro del cuerpo de las personas que habían sufrido una hemiplejia a fin de que los movimientos de los brazos y piernas sanos simulasen en su reflejo el movimiento de las extremidades paralizadas. El engaño logró que se acelerase la recuperación, rehabilitando así el honor de los espejos, mancillado hasta el oprobio por psicoanalistas y otras gentes bellacas carentes del mínimo sentido estético.