La ciencia médica ha emprendido una cruzada para que nuestra nariz deje de moquear y nuestros pulmones abandonen su fea costumbre de regar las calles y plazas con expectoraciones malolientes y supurativas. Se acaba de probar que las claves para combatir la rinitis alérgica y el asma son practicar regularmente algún ejercicio físico y mantener una dieta mediterránea, rica en frutas, verduras, pan, pasta, arroz, cereales, legumbres y patatas. Aderezaremos la comida con aceite de oliva y con alguna hierba aromática para evitar la sal y regaremos el ágape con una copita de vino tinto. Dos o tres veces por semana nos meteremos entre pecho y espalda un pescadito azul y raramente nos nutriremos con carne roja. Con una receta tan sencilla alejaremos definitivamente de nuestro entorno los entrañables mocos y escupitajos que nos han acompañado desde la infancia al llegar los fríos meses del otoño y del invierno, pero cambiaremos las flemas espesas por la barahúnda de flatulencias y ventosidades rectales que van indefectiblemente asociadas a la ingesta de alimentos como la coliflor o el brécol.