La especie humana está cayendo en picado y lejos de mejorar, se enfanga. Es la conclusión a la que ha llegado el prestigioso científico de la Universidad de Londres Steve Jones, que ha comprobado echando un vistazo a su alrededor que los avances en medicina y en tecnología han alterado el curso de la evolución genética al punto que, a diferencia de lo que había ocurrido durante los últimos seis millones de años, en el último siglo ya no son sólo los seres más fuertes e inteligentes los que están pasando sus genes a las siguientes generaciones. No cabe ninguna duda de que había más dignidad e integridad intelectual en los primeros homínidos bípedos que en muchos de los personajes que se dejan ver por la tele en el siglo XXI. Los Sahelanthropus tchadiensis (con una antigüedad de 6 ó 7 millones de años), los Orrorin tugenensis (unos 6 millones de años) y los Ardipithecus (de entre 5,5 y 4,5 millones de años) les daban sopas con ondas a George Bush, y ni se les pasaba por el magín zapatear descoyuntadamente como hace sin ningún rubor el torero Ortega Cano en el programa de televisión Mira quien baila. La degeneración de la especie ha colado en las cadenas de ADN bases moleculares de dudosa procedencia, como el gen de aparcoaquíporquemesaledelosganglioslinfáticos, el damelmaletínquemelollevocrudo, o el subolvolumenalastresdelamadrugada, todos ellos ausentes en los núcleos celulares del Homo ergaster o del Homo heidelbergensis, pero muy presentes en muchos de sus tataranietos más conspicuos y alocados. El director de casting de Gran Hermano es el que mejor sabe que todo está perdido y que nuestra especie rueda sin freno hacia el abismo.