El ser humano ha sido históricamente injusto con las ventosidades, degradando y humillando a este gas natural y condenando su aparición en el espacio social a un espeso manto de silencio en el mejor de los casos; y en el peor, a la ignominia, la afrenta y la deshonra pública. La ciencia médica ha venido a devolverle la dignidad, al demostrarse que inhalar el sulfato de hidrógeno que se expulsa en los cuescos tiene la misión biológica de rebajar la tensión arterial que se eleva tras meternos entre pecho y espalda un buen plato de fabada, coliflor o brócoli. Los investigadores recuerdan que este gas también lo producen las propias células que rodean los vasos sanguíneos en los seres humanos, y adelantan que haber descubierto su función terapéutica abre nuevas vías para desarrollar medicamentos para controlar la tensión y prevenir enfermedades degenerativas. Mucho está tardando en constituirse la Asociación por la Recuperación de la Dignidad de los Pedos.