La ciencia ha demostrado que la genética tiene la culpa de que haya gentiles caballeros y gráciles doncellas que con el gesto descompuesto y las mandíbula descoyuntadas le muestran con gracia y orgullo el dedo anular a través de la ventanilla del vehículo tras adelantarle por la derecha y obligarle a derrapar. Ese larguísimo dedito erguido que emerge erecto e indómito sobre sus puños cerrados revela que durante el embarazo de sus santas madres -de las que nos acordamos en voz alta durante la maniobra asociándola indefectiblemente con actividades indecentes propias de colipoterras-, el embrión, convertido ahora en un Fernando Alonso de todo a un euro, habría estado expuesto a una concentración excesiva de testosterona, la hormona sexual masculina que destilan por litros actores célebres como Javier Bardem o Charles Bronson. La investigación científica revela que a consecuencia de la sobre exposición fetal a esta hormona se desarrolla más agresividad, mayor tendencia a la actividad atlética e incluso más habilidades académicas pero, además, estas personas tienen como marca genética añadida que sus dedos anulares son más largos de lo normal y los índices más cortos, mostrando una curiosa mano cojitranca que es la que exhiben en sus momentos de mayor arrebato y entusiasmo testosterónico.