Siempre me había preguntado cuál era la razón de que los dos grandes iconos de la felicidad de Oriente y Occidente, Buda y Mickey Mouse, aparecieran indefectiblemente representados en las estanterias de los bazares con las cabezas tan grandes. La ciencia ha conseguido desvelar que la capacidad para disfrutar de los placeres de la vida tiene que ver conel tamaño de las regiones subcorticales del cerebro, y es conocido que el volumen cerebral es proporcional al molondro que nos sirve de caja protectora. En un experimento realizado entre 29 voluntarios se pudo demostrar, a través de imágenes de resonancia magnética nuclear, que el núcleo caudado, una pequeña estructura cerebral, es más pequeña de lo normal en aquellos que se sienten infelices. La anhedonia anula parcial o totalmente la capacidad de que estas personas puedan experimentar sentimientos agradables y aparece indefectiblemente como síntoma en enfermedades mentales graves. Este hallazgo, que va a permitir que se agilice el diagnóstico de enfermedades como la depresión y la esquizofrenia, vincula por primera vez la tristeza con el volumen de una zona delcerebro, y en concreto con una de las que hace posible el aprendizaje de actitudes que causan placer. Si Mickey Mouse tuviese una cabecita de alfiler andaría mohíno por Disneylandia, fabulando que Donald y Goofy maquinan teribles conspiraciones contra su integridad física o moral. Por su parte, Buda Gautama, por más poses de contorsionismo que hubiera ensayado, jamás habría alcanzado el nirvana con una cabeza pequeña, y la postura del loto solamente le habría provocado una lumbalgia de campeonato y numerosas visitas al fiosioterapeuta.
El cerebro procesa en el mismo área el dolor que te causa una patada en los genitales y el que te provoca tu pareja cuando la descubres en la cama con un señor o una señora que no eres tú mismo (si practican el sexo bajo, frente o sobre un espejo es de pensar que la circunstancia no te causará ningún dolor físico o emocional, salvo que la luna se fragmente y se te clave alguno de los añicos). Y es que la ciencia médica acaba de probarque el dolor sentimental al igual que el físico movilizan la actividad de la corteza cingulada anterior, responsable de convertir el impulso emocional en un dolor que incluso puede llegar a dejar secuelas crónicas. Los pacientes, pues, no mienten cuando explican que la traición o la pérdida de su chico o de su chica (por ser políticamente correcto) la han vivido como si le hubiesen acuchillado por la espalda o le hubiesen dado con un mazo en la boca del estómago. La científica que ha realizado los escáneres cerebrales para esta investigación opina que el cerebro asocia con idéntica respuesta el dolor físico y el dolor emocional porque para garantizar la supervivencia de nuestra especie son tan necesarias las relaciones sociales como mantener la integridad de nuestro cuerpo. Ambos tipos de daño sirven de advertencia para que nos protejamos de sus consecuencias y adoptemos medidas para afrontarlas.
Los científicos no dan crédito a la última macroencuesta realizada entre 50.000 personas que demuestra que las personas ancianas son más felices que las jóvenes. La clave está en que pese a que padezcan más enfermedades, también le exigen menos a la vida y obviamente sufren mucha menos ansiedad que los que cada día estamos obligados a verle el careto al jefe. No me extrañaría que un día se descubriera que, en realidad, los abuelos fingen más enfermedades de las que tienen para darnos lástima y que les dejemos en paz. Que la ciencia revele que uno puede ser feliz compartiendo un viaje del IMSERSO a Benidorm no deja de tener su gracia. Me pido que me receten uno.
Ser feliz o un triste depende de nuestros genes. Una investigación sugiere que por mucho que nos esforcemos por conseguir un nirvana de andar por casa, el código genético devolverá pronto a nuestro rostro el habitual gesto de que asco me da de todo -muy popular entre ciertos políticos y artistas-. Por el contrario, si genéticamente estamos condicionados para la alegría, no nos hundirá ni siquiera conocer el trágico destino de los protagonistas del Titanic, y nuestra natural alegría –genotipo de personalidad andayquelesden- se restablecerá apenas salgamos del cine. Y es que la investigación prueba que las pequeñas o grandes alegrías y tristezas son siempre pasajeras y nuestro tono de felicidad vital se mantiene casi constante a lo largo de la vida. Pese a ello, siempre hay quien se empeña en amargarnos; o en darnos un lingotazo de alegría.
Antonio Rial es periodista científico en Radio Nacional de España en Sevilla. Licenciado y doctor en Medicina en el área de Psiquiatría y doctor en Comunicación Audiovisual. La Junta de Andalucía le ha distinguido con el Premio Andalucía de Periodismo. Finalista del Premio de divulgación médica Boehringer Ingelheim 2008.